martes, 16 de diciembre de 2025

La Ironía Blanca De La Bata


Siempre me ha parecido curioso —casi poético— que un médico muera enfermo. No de viejo, ni de aburrimiento clínico, ni de un retiro apacible rodeado de nietos y diplomas colgados en la pared. No. Enfermo. Como cualquiera. Y ahí es inevitable preguntarse: “Si usted, doctor, con todo su saber, su bata blanca y su léxico en latín, no pudo salvarse… por qué habría de salvarme a mí?” Porque, seamos sinceros: hay algo profundamente contradictorio en que el que cura no pueda curarse. Como si un bombero muriera en su propio incendio. Y sin embargo, ahí vamos. Obedientes, sumisos, confiando en recetas escritas en jeroglíficos, en diagnósticos que suenan más a sentencia que a solución. Tomamos pastillas que no entendemos, seguimos dietas que parecen penitencias, y esperamos el milagro… del mismo que no supo salvarse a sí mismo.

Lo más fascinante es esa fe casi religiosa que depositamos en ellos. Los vemos entrar al consultorio como si descendieran de algún monte sagrado, iluminados por los tubos fluorescentes del pasillo, y les entregamos nuestro cuerpo como quien entrega las llaves de la casa a un desconocido con buena sonrisa. Les creemos todo: desde que “no es nada” hasta que "hay que preocuparse". Son los únicos profesionales que pueden equivocarse todos los días y aún así mantener un aura de infalibilidad. Probar eso con un mecánico, un albañil o un peluquero y vas a ver cuánto dura la confianza.

Pero claro, el problema no es el médico en sí: el problema somos nosotros, que buscamos salvadores en cualquier bata que se cruce. Nos aterra aceptar que la vida no viene con manual, que el cuerpo es un experimento continuo y que nadie —ni el más titulado— tiene el control que presume. Queremos certezas, aunque sean falsas. Queremos alivio, aunque sea placebo. Queremos escuchar que vamos a estar bien, aunque el que lo diga tenga su propio prontuario clínico escondido bajo el escritorio.

Y al final, lo verdaderamente grotesco es esta dependencia mansita, esta obediencia casi infantil que mantenemos hacia quienes, en el fondo, son tan vulnerables a la muerte como nosotros. La medicina cura, claro que sí, pero no salva. Nunca salvó. Como mucho, compra tiempo… y a veces ni eso. Y tal vez ahí esté la ironía final: que buscamos inmortalidad en manos que tiemblan igual que las nuestras.

« Nada revela mejor la fragilidad humana que un médico intentando escapar del mismo destino que pretende curar »

 

La Ironía Blanca De La Bata Siempre me ha parecido curioso —casi poético— que un médico muera enfermo. No de viejo, ni de aburrimiento clíni...