martes, 16 de diciembre de 2025

La Compañía Perfecta: Mate Y Cigarro


Hay momentos en los que la mejor compañía no es una persona, sino el ritual. Un mate caliente entre las manos, un cigarro encendido consumiéndose lento. No hay apuro, no hay expectativas, solo el tiempo que se estira en cada sorbo y en cada bocanada.

El mate tiene algo de conversación, aunque no haya nadie más. Es la pausa, la excusa para el pensamiento, la ceremonia de calentar el agua justo en su punto, de cebar con la paciencia de quien entiende que algunas cosas no deben apurarse. Es el hábito que acompaña el insomnio, la inspiración o la soledad elegida.

El cigarro, en cambio, es otra cosa. Es el respiro entre el caos, el intervalo entre un pensamiento y el siguiente. A veces es compañía en el silencio, otras, un refugio cuando el ruido es demasiado. Hay algo casi filosófico en ver el humo disiparse, en la consciencia de que todo es efímero, que todo se consume tarde o temprano.

Juntos, el mate y el cigarro no necesitan hablar. No exigen respuestas, no juzgan. Son testigos de ideas que nacen y mueren, de recuerdos que vuelven y se van. Son la compañía que no pesa, que no interrumpe, que simplemente está ahí, sosteniendo el momento.

Y en esa simpleza —en ese pequeño teatro de gestos repetidos— algo se ordena. Es como si el cuerpo supiera antes que la mente cómo bajar la velocidad. Una liturgia mínima que te devuelve al presente, que te recuerda que no hace falta llenar el silencio para que el silencio tenga sentido. Son instantes que nadie vería como importantes, pero que igual dejan marca: pequeños pactos entre vos y vos mismo para no perderte del todo en el ritmo del mundo.

«A veces, lo esencial no se revela en lo que cambia, sino en aquello que permanece quieto mientras todo lo demás se mueve»

 

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